A veces víctima 2: ¡ni buenas ni malas!
Reconocemos la educación emocional que nos han dado las series, películas, libros y, en nuestra geografía, las telenovelas. Crecimos viendo arquetipos de mujeres víctimas y, en algunas ocasiones, victimarias. ¿Cómo representan estos productos mediáticos a estas mujeres? Pues bien, las víctimas siempre son buenas, siempre tienen los ojos llorosos y buenas intenciones permanentes; en contraste, las victimarias, siempre son malas y siempre son crueles. ¿Te suena familiar?
También reconocemos dos categorías en las que se nos agrupa cuando hemos sido víctimas de violencia: la ‘buena víctima’ y la ‘mala víctima’, cada una con características muy definidas.
Cuando se habla de la ‘buena víctima’, escuchamos que las características con las que se les relaciona son: una mujer sensible, que se encuentra visiblemente afectada por la situación de violencia, y por lo tanto está en llanto constante. Ese arquetipo cumple con los mandatos de género: es recatada, no sale de noche, no consume sustancias psicoactivas y, en general, “no ha hecho nada para merecerlo”, como si existiera una justificación para recibir violencia.

En cambio, la ‘mala victima’ es juzgada como una mujer insensible, que no está visiblemente afectada por la violencia y no expresa emociones de tristeza o vulnerabilidad. Se le percibe como una persona que está enojada todo el tiempo y su estilo de vida no corresponde a los mandatos de género: ejerce su sexualidad abiertamente, tiene una “vida nocturna”, hace uso de sustancias psicoactivas, pero sobre todo, se cree que “ha hecho cosas para merecer la violencia”
Lo cierto es que es difícil, por no decir imposible, ser una ’buena víctima’, y ciertamente tampoco es un papel deseable ni es necesario para acreditar que hemos vivido violencia; sin embargo, estas ideas están arraigadas profundamente en nuestra sociedad, están presentes y normalizadas no sólo en las instituciones de impartición de justicia, salud o educación, sino que también están ancladas en nuestras relaciones interpersonales, impactándolas directamente.
A las “víctimas” se les recrimina por sentir enojo, ira, frustración, y se les exige que sólo deben expresar públicamente tristeza o miedo; se pone bajo escrutinio todas sus acciones; se les invalida su condición de víctima si decide continuar con su vida o realizar ciertas actividades, vestir de cierta manera, salir con amigos, tener una cita o disfrutar cualquier cosa. Por el otro lado, también se les invalida y juzga si expresan enojo, ira o cualquier emoción considerada como negativa.
¿Existen tipos de víctimas?
Desde Liberas, reafirmamos que ninguna de estas conductas les demerita como víctimas, ni justifica el haber recibido violencia, ni las inhabilita para recibir escucha y apoyo.
Reconocemos y validamos que las personas que atravesamos violencia sentimos y experimentamos un rango complejo y diverso de emociones y experiencias, porque la violencia se vive y atraviesa de diversas maneras, por lo que ninguna “víctima” es más o mejor que otra, todas tenemos los mismos derechos a la atención y reparación integral del daño. Todas las víctimas, sin distinción, merecen nuestra escucha y apoyo.
Pero, ¿podemos ser ambas? ¿Siempre interpretamos el mismo papel en nuestras historias? ¿O es más complejo que eso? Nosotras creemos que es mucho más complejo. Cada persona está construida por experiencias, relaciones y procesos de aprendizaje. En cada área de nuestra vida jugamos distintos papeles y sostenemos diversos vínculos que están enmarcados en relaciones de poder, mientras en un espacio podemos estar viviendo violencia, en otros podemos ejercerla, estas son dos realidades que pueden convivir y que no se invalidan mutuamente.

¿Es posible ser víctima y victimaria?
Es posible ser víctima y victimaria. Esto es complejo pues, por un lado, corresponde pedir apoyo y ejercer nuestro derecho a vivir libres de violencia; por el otro, corresponde hacer un análisis profundo de la propia historia y nuestras conductas para transformar y transitar a vínculos libres de violencia.
Por último, la comunidad tienen un papel importante para que sucedan estas transformaciones, no le toca juzgar ni etiquetar a las víctimas como ‘buenas’ o ‘malas’, le corresponde escucharlas, acompañarlas y atenderlas sin aislarlas ni estigmatizarlas. Sabemos que es complejo y que no nos enseñan herramientas para despojarnos de los “imaginarios telenoveleros”. Por ello, si te interesa más sobre el tema, encuentra más recursos para acompañar a mujeres y otras personas que atraviesan violencia en nuestra plataforma liberas.org
