Ser mujer afrodescendiente en México y decidir sobre tu cuerpo: un acto de resistencia
En México, no se puede hablar de derechos sexuales y reproductivos sin abordar las desigualdades estructurales que impiden su ejercicio pleno. Mucho menos, sin reconocer cómo el racismo condiciona la forma en que ciertos cuerpos acceden o no a servicios, información y decisiones sobre sus propios cuerpos. Ser mujer afrodescendiente y decidir sobre tu cuerpo es aún, un acto de resistencia.
En el país, hay 2.5 millones de personas que se autoadscriben como afromexicanas, de ellas, alrededor del 51% son mujeres. La mayoría viven en contextos atravesados por racismo sistémico, marginación territorial y exclusión institucional, principalmente en estados como Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Veracruz, donde históricamente se han concentrado las poblaciones afrodescendientes.
Esta realidad impacta directamente en el acceso a servicios de salud sexual y reproductiva. Las clínicas y centros de salud, cuando existen, están lejos; el personal médico, en muchos casos, no está capacitado para brindar atención libre de discriminación y los programas de salud sexual no consideran los contextos locales y las particularidades culturales.

Esto no es casual. Es el resultado de una lógica institucional que históricamente ha ignorado las necesidades de los pueblos afrodescendientes. En la práctica, esto significa que las mujeres afromexicanas acceden tarde, mal o nunca a anticoncepción, servicios de aborto, pruebas de ITS, atención obstétrica de calidad o acompañamiento psicosocial.
De acuerdo con la ENDIREH (2021), las mujeres indígenas y afrodescendientes enfrentan mayores barreras para acceder a métodos anticonceptivos, atención ginecológica y servicios de salud sexual y reproductiva en general. Estas barreras incluyen desde la lejanía geográfica hasta la violencia institucional y la discriminación racial.
Además, los indicadores de mortalidad materna en regiones con población afrodescendiente, como Oaxaca y Guerrero, siguen siendo más altos que en el resto del país. Las causas están profundamente relacionadas con la falta de atención oportuna, la precariedad de los servicios y el trato deshumanizante hacia las mujeres racializadas.
El racismo estructural no sólo se expresa en la falta de acceso: también moldea la forma en que los cuerpos afro son tratados, leídos, intervenidos. En muchas ocasiones, las mujeres negras somos infantilizadas o por el contrario, hipersexualizadas. Se presume que “aguantamos más el dolor”, que “maduramos antes”, que “somos exóticas”, sólo por nuestra corporalidad, color de piel o la forma de nuestro cabello. La mirada del otro sobre nuestros cuerpos sigue siendo violenta, cosificante y fetichizante. Se nos niega el derecho al consentimiento, al trato digno y a ser reconocidas como sujetas autónomas.

Por ello en el Día Internacional de las Mujeres Afrodescendientes no basta con la visibilidad. Exigimos políticas públicas con enfoque antirracista, recursos suficientes para garantizar el acceso real a servicios de salud sexual y reproductiva, formación médica con perspectiva intercultural y de territorios con infraestructura digna.
Porque ser mujer afro y decidir sobre tu cuerpo no debería ser un acto de resistencia, sino un derecho garantizado.