Juventudes y crimen organizado
Porque hablar de violencia en México hoy no es sólo hablar de homicidios o desapariciones, es hablar de un entramado complejo, histórico y estructural que ha minado las posibilidades de vida digna para millones de personas, entre ellas adolescencias y juventudes. También es hablar de abandono institucional, de desigualdades persistentes y de cómo las narrativas sociales construyen futuros posibles —o los niegan por completo—.
Lo que ocurrió en Teuchitlán, Jalisco, marcó un punto de inflexión: se ha convertido en un símbolo de un país donde, frente a la descomposición del tejido social, la respuesta no ha sido colectiva ni estatal, sino individual y fragmentada. Nos obligó a mirar la profundidad de la crisis: Teuchitlán no es una excepción, sino un espejo, y su pozo no es sólo físico, sino simbólico — un pozo sin fondo donde pareciera que muchas vidas pueden desaparecer sin que pase nada.
Desde este lugar, con la indignación, la urgencia y también desde el deseo de transformar es que hablamos de la relación entre violencia y adolescencias, no como un fenómeno aislado, sino como resultado de un conjunto de decisiones (y omisiones) políticas, económicas y sociales. Porque la violencia no nace en el vacío: tiene causas, responsabilidades e historia.

Las juventudes ¿desechables?
“Nos sentíamos desechables”. Esto es algo que comparten personas que tienen historias de vida y trabajo dentro del crimen organizado, narrando cómo llegaron ahí desde jóvenes y sus razones. Se reconocen como agentes libres que decidieron trabajar en esa industria, pero también se definen como personas que se sabían “desechables”, un calificativo del que es difícil, si no imposible, escapar.
El descubrimiento en Teuchitlán, Jalisco, de cientos de restos humanos en una fosa clandestina visibilizó, por un lado, un sistema de reclutamiento y desechamiento de jovenes de comunidades marginalizadas, empobrecidas y racializadas para beneficio del crimen organizado y, por el otro, la inacción y falta de ruta del Estado para reconocer y atender el problema. Visibilizó cómo la violencia del crimen organizado en este país parece confirmar la suposición de que las personas pueden “desecharse”.
Tanto el Estado como el crimen organizado parecen producir un significado de pobreza tajante y actuar bajo los supuestos de que las personas en condiciones empobrecidas y marginalizadas no tienen futuro y por lo tanto no tienen nada que perder. Este empobrecimiento se naturaliza y se entiende como condición inevitable sin señalar responsables estructurales, lo que a su vez deriva en una visión individualista del mundo, una en la que cada quien es responsable de su propio desarrollo económico y social, así como en la lógica de que las personas están solas e impera la ley del más fuerte.
Sin una visión colectiva, tanto de las causas como de las soluciones, ¿a qué podemos llegar? ¿Qué podemos esperar como sociedad de una generación que ve inminente la muerte y la ve como alivio cuando está en condiciones de vida en las que el sufrimiento es una constante? ¿A qué punto hemos llegado en el que las juventudes, lo que se dice ser “el futuro de nuestro país”, se sienten —y a veces se reconocen— como peones cuyas vidas no importan?
Las juventudes con agencia
Hablar de adolescencias y juventudes en el contexto actual implica reconocer tanto su agencia como las condiciones estructurales que configuran sus decisiones. No se trata de víctimas pasivas ni de actores criminales por naturaleza, sino de personas que, desde edades tempranas, están tomando decisiones en contextos desiguales, construidos con y para la violencia — decisiones que muchas veces se dan entre lo que es posible y lo que el entorno permite imaginar.
Con Teuchitlán surgió también la narrativa de que eran todxs inocentes y que el reclutamiento fue forzado, pero ¿podríamos culpar a quienes se unen de manera voluntaria?
Cuando hablamos de las narrativas sociales que nos dan un piso para imaginar, hablamos de quiénes son importantes, respetadxs y admiradxs en la comunidad. Continuamente cometemos el error de construir una relación única entre lo material y la decisión de integrarse al crimen organizado. Sí, sabemos que la subsistencia es una razón para unirse a sus filas, pero hay que hablar también de la construcción social de lo deseable, lo válido, lo exitoso: desde hace muchos años, y en muchos lugares de nuestro país, el poder y el reconocimiento de las personas se puede conseguir mediante las armas y el ejercicio de diversos tipos violencia.
Es entonces que nos preguntamos: ¿les hemos dado, como sociedad, oportunidad de soñar con otros horizontes?, ¿son realmente culpables quienes acuden a la única opción viable para la subsistencia y la existencia misma?, ¿podemos responsabilizar a las personas individuales por tener anhelos de éxito, poder y validación de formas a las que, desde niñxes, nos enseñan a reconocer?

A todo esto, ¿quién tiene la responsabilidad?
Cuando observamos casos como el de Teuchitlán se suele atribuir la culpa a las juventudes o a sus familias y entornos cercanos por no hacer lo suficiente: no prestar atención, no ser firmes, no ofrecer guía o no imponer disciplina. Sin embargo, se omite la responsabilidad del Estado para ofrecer condiciones de vida en pleno ejercicio de derechos para la población: educación integral y accesible, jornadas laborales razonables, sueldos con los que sea posible construir una vida, espacios de educación, deporte y esparcimiento que permitan a las personas desarrollarse plenamtente en todas las esferas de la vida.
Y son esos vacíos los que son aprovechados por organizaciones muti crimen para reclutar, de forma forzada o voluntaria, a jóvenes que pueden integrarse a ese mundo que ofrecen en donde sí es posible construir una vida, sin importar que ésta sea corta, en donde sí hay pertenencia y validación (aunque también miedo disfrazado de respeto y reconocimiento).
Sí, podemos pensar en la responsabilidad de quienes se aprovechan de las personas en contextos de marginalización y empobrecimiento para volverlas parte de redes y ciclos de violencia de los que es muy difícil —si no es que imposible— salir. Pero también hay que pensar en la responsabilidad de un Estado que deja a las juventudes sin opciones de vida, sin posibilidades de soñar con otras realidades y proyectos, sin maneras de salir de los contextos abrasadores. Es responsabilidad del Estado tener una perspectiva de prevención y políticas y acciones que consideren las causes de raíz del reclutamiento.
Pensamientos finales
Denunciamos la guerra contra el narco declarada por un Estado que exacerba la violencia, el reclutamiento y la deshumanización de lxs jóvenes por parte de los grupos de crimen organizado — pero por parte también de ese mismo Estado. Ese Estado poroso que posibilita la presencia de los grupos multicrimen que se aprovechan de las lagunas económicas, sociales y políticas para reclutar a jóvenes buscando trabajo en medio de la precarización del mercado laboral. Ese Estado que sistemáticamente discrimina a las personas que entran al crimen organizado al reproducir un discurso binario capitalista y globalizado del nosotros vs. ellos y buenos vs. malos, un discurso que es absurdo en simplicidad y opaca todos los matices y violencias estructurales que llevan a un contexto como el actual.
Por eso, apostamos por imaginar y construir respuestas que partan del reconocimiento de las juventudes como sujetas políticas, con derechos, con deseos y con agencia. Respuestas que atiendan las causas estructurales de la violencia sin alimentar la maquinaria punitiva ni los estigmas que la sostienen. Es urgente dejar de pensar en las juventudes como amenzas o como daños colaterales, y comenzar a mirarles como aliadxs clave para la transformación social. Creemos que otro presente –y otro futuro– es posible si se garantizan condiciones dignas para vivir, decidir y participar plenamente, y esa posibilidad se construye desde la justicia social, no desde la criminzalicación.

Bibliografía: García Reyes, Karina, “‘Morir es un alivio’: 33 exnarcos explican por qué fracasa la guerra contra la droga”, El País (en línea), enero 2020, https://elpais.com/elpais/2020/01/09/planeta_futuro/1578565039_747970.h… (recuperado en mayo 2021).